sábado, 7 de agosto de 2010

Bienvenida a los partitipantes de Tucumán y Jujuy

Este blog será un punto de encuentro entre los participantes de los cursos de vinculación tecnológica del Tucumán y Jujuy. Esperamos compartir comentarios y aprendizajes y, acaso, ir configurando una red de profesionales comprometidos con los procesos de innovación y desarrollo participativo.
Seguimos...

jueves, 11 de diciembre de 2008

Innovación y participación

Del texto de Eduardo se rescatan aspectos clave sobre el desarrollo territorial. Pienso que lo sustancial del aprendizaje que venimos experimentando desde que comenzó este curso está resumido ahí. Además hay una interesante conexión con Amartya Sen. El desarrollo es por definición local y participativo. Es una cuestión, básicamente, de organización. El reto es encontrar, en cada caso, los procesos que permitan definir esa organización. 

Si se pueden consolidar esos espacios grupales (sociales) de comunicación, pensamiento e innovación genuina las sociedades implicadas estarían en condiciones de evitar los errores y desastres que hemos cometido en las sociedades hoy llamadas desarrolladas. Estarían en condiciones de construir OTRO desarrollo.

La seguimos...


martes, 30 de septiembre de 2008

LA PERSPECTIVA TERRITORIAL: EL DESARROLLO “A MEDIDA” DE LAS POSIBILIDADES


Las limitaciones manifiestas del mercado para constituirse en el factor excluyente del desarrollo y el éxito alcanzado por las experiencias que – por iniciativa propia – se implementaron en diferentes regiones europeas, permitieron establecer un nuevo paradigma para el análisis y la instrumentación de las políticas de desarrollo económico. Así como en su momento prescribieron aquellas percepciones que ponían en el centro de la atención a los empresarios y sus capacidad para constituirse en los promotores de los procesos de innovación y desarrollo, era ahora el mercado quien debía ceder espacio frente la realidad que exponían estas experiencias concretas de desarrollo regional.

De esta manera, mediante prácticas innovativas que partían del aprovechamiento de recursos sociales, económicos, culturales e institucionales endógenos, se pudo dar respuesta a las carencias generadas por el modelo establecido hasta entonces y, a partir de estas experiencias, muchas veces recuperando enfoques de antigua tradición en las políticas de desarrollo, formalizar teóricamente lo que se dio en llamar la “estrategia del desarrollo territorial” o, alternativamente, las “políticas de desarrollo local“.

() el enfoque del desarrollo económico local viene a destacar fundamentalmente los valores territoriales de identidad, diversidad y flexibilidad en las formas de producción, no basadas tan solo en la gran industria, sino en las características generales y locales de un territorio determinado”. Se corregía de esta manera la simplificación realizada por aquellos planteos teóricos que reducían el análisis del desarrollo al estudio de la empresa o el sector económico de manera abstracta, desvinculados de su entorno territorial (Alburquerque, F. 2004: 158).

Si pensamos al desarrollo como “un proceso de expansión de las libertades reales que disfrutan los individuos” (Amartya Sen), entendidas estas libertades como las posibilidades de optar que tienen las personas, al Desarrollo Local (i) se lo puede pensar como “la aplicación del concepto de desarrollo planteado por Sen a un determinado territorio” (Formichella, M. 2005: 5).

Es importante destacar que la irrupción de un modelo de desarrollo localizado se vio favorecido por la descentralización de la producción (segmentación productiva, e “industria global” (ii)) que adoptó el capitalismo como respuesta a la crisis del modelo de producción fordista, mediante la cual alcanzan protagonismo las pequeñas empresas y adquieren significación las características del entorno territorial en el cual las mismas se desenvuelven. También, hay que decirlo, esta perspectiva era percibida por muchos como una respuesta al modelo globalizador y a las consecuencias indeseables (desocupación, exclusión, desigualdad) que esta “modernidad” avasallante trajo consigo.

De esta manera, “el territorio se visualizaba como el espacio en el cual se producen los procesos de desarrollo y pasan a ser factores de interés cuestiones como los recursos materiales y humanos que se disponen, la historia, la sociedad, los valores y el conocimiento. El desarrollo, como dice Boisier, es necesariamente local, es decir, territorial” (de León, O. 2006: 3).

Queda claro entonces que, al hablar de territorio (iii), “no se está teniendo en cuenta sólo un determinado sitio geográfico, sino también una forma de vida determinada, una cultura establecida, una realidad social y económica específica y un medio ambiente definido, con ciertos recursos naturales y ciertas potencialidades productivas” (Formichella, M. 2005: 7).

Desde esta perspectiva, y con la participación de actores locales, se logran alcanzar objetivos de crecimiento bajo condiciones que al menos atenúen los costos que impone el modelo capitalista; esto es, poder consensuar niveles de innovación y desarrollo adecuados a las condiciones de competencia que impone el mercado, sin desatender a los ciudadanos y sus necesidades básicas, el uso responsable de los recursos naturales, la inclusión de los diferentes sectores sociales, etc., cumpliendo de esta manera con aquellas obligaciones impostergables del Estado en las sociedades democráticas.

Todo esto es posible en propuestas de desarrollo que parten de los propios actores, “el desarrollo, además de territorial y endógeno, es autodesarrollo” (de León, O. 2006: 19). Además, por tratarse de un desarrollo promovido fundamentalmente a partir de “lo propio”, resulta importante que existan actividades de innovación en el ámbito del territorio, dado que las mismas aumentan las capacidades y oportunidades de los individuos, favoreciendo los procesos de desarrollo.

Se puede comprender con lo señalado hasta aquí que esta nueva perspectiva es estructural o sistémica, porque supone la cooperación de los actores y el logro de acuerdos entre sectores que muchas veces sostienen intereses distintos. Exige “procesar” todas las relaciones de interdependencia que existen en el territorio, poniendo atención (simultáneamente, no de manera aislada) en aquellos factores significativos para la creación de entornos innovadores; “no compite la empresa aislada, sino la red y el territorio” (Alburquerque, F. 2004: 158).

“El éxito de las estrategias territoriales dependerá en gran medida de la capacidad de innovación sistémica de las sociedades implicadas”; adquiriendo así relevancia no sólo la dimensión económica, sino también la política y la cultural. “Se debe atender una dimensión social de la innovación” (de León, O. 2008:1).

Por encima de aquellas políticas de desarrollo que “bajan” del gobierno a la comunidad (innovaciones restringidas), son las iniciativas que surgen desde la propia comunidad (genuinas (iv)), respondiendo a la atención de necesidades “sentidas” por los diferentes sectores sociales, las que ofrecen mayor interés de análisis a la hora de buscar patrones en la construcción de un modelo de desarrollo territorial. Aún así, el sector público desempeña un rol determinante en la implementación de políticas de desarrollo exitosas, favoreciendo e impulsando aquellas ideas que surgen de la comunidad, manteniendo la cohesión social, creando o adecuando las instituciones existentes a las necesidades que surgen de los proyectos, etc.

Los factores – tangibles e intangibles – privilegiados en el análisis sistémico por su influencia en el éxito de los procesos de desarrollo territorial, no se han ido presentando de igual manera en la, cada vez más extensa, casuística que abona esta teoría. “En el amplio abanico de casos, encontramos regiones con situaciones muy diferentes que requerían combinaciones distintas de instrumentos y acaso la creación de otros nuevos que surjan de la especificidad del proyecto” (…) “Diferentes territorios, con diferentes niveles de desarrollo, deben reconocer distintos caminos” (de León, O. 2006:15 y 16).

En esta perspectiva las propuestas estandarizadas están condenadas al fracaso, el modelo exige establecer políticas de desarrollo que surjan de evaluar (a la medida de) las oportunidades y limitaciones económicas, sociales, institucionales, ambientales y políticas de cada región en particular.

Ahora bien, aún cuando en cada caso se pueden observar características distintivas que impiden formular modelos universales, existen elementos comunes que juegan un papel esencial en las experiencias de desarrollo territorial analizadas, los cuales deben ser considerados de manera integrada a la hora de definir proyectos. Merecen destacarse el nivel de acumulación, el patrimonio tecnológico, la financiación, el acervo de conocimientos, la inserción externa del desarrollo territorial, la capacidad en la toma de decisiones, la cohesión social y los elementos identitarios.

Estos factores (tangibles e intangibles), junto a otros aspectos como la estructura productiva e infraestructura disponible, la disponibilidad tecnológica y la descentralización política y administrativa, conforman el “entorno territorial” (milieu) que facilita o dificulta el proceso de desarrollo y el surgimiento de la innovación. “El éxito de las estrategias territoriales dependerá en gran medida de la capacidad de innovación sistémica de las sociedades implicadas” (de León, O. 2008:1).

Lo estimulante de esta concepción del desarrollo es que, mediante la misma, se devuelve a los agentes e instituciones locales el protagonismo en el proceso de transformación de sus realidades; el proyecto de desarrollo de la sociedad no debe quedar necesariamente expuesto a las condiciones establecidas por las economías globalizadas, esto es la voluntad de las grandes empresas que priorizan maximizar sus ganancias por encima de los intereses generales de la sociedad. Desde esta perspectiva, “aún queda espacio para generar condiciones de desarrollo de una producción a pequeña escala que tenga como destinatarios finales de sus beneficios a la población local” (de León, O. 2006:15).

Simultáneamente, se debe asumir la “dificultad” – intrínseca en proyectos de estas características – de lograr en cada caso particular, propuestas consensuadas que contemplen los factores estructurales existentes, para poder definir políticas y estrategias apropiadas a las condiciones institucionales, económicas, sociales y ambientales de la región.

La tarea es compleja, y exige el desarrollo de instrumentos adecuados, entre las cuales la producción de información política, económica y social sobre el territorio adquiere relevancia. Además, se deben crear y promover instancias (espacios) que permitan vincular las diferentes instituciones, así como a éstas y los diversos grupos sociales que actúan en la comunidad, buscando identificar y fortalecer aquellos () intersticios en los que articular experiencias propias. Cuando menor sea el nivel de desarrollo, más complejo y largo será el proceso, pero presentará más opciones de incidir en la calidad de los alcances” (de León, O. 2006:15).

Iniciativas de estas características, que para algunos autores ocurrieron por generación espontánea, permitieron establecer nuevas formas de elaborar e implementar políticas de desarrollo que resultaron exitosas en regiones consideradas periféricas en la “nueva división internacional del trabajo” (NDIT) (v) establecida por el sistema capitalista mundial.

En el caso particular de América Latina, también esto fue posible a pesar de las condiciones iniciales desfavorables de la cual partieron un número importante de experiencias de desarrollo implementadas desde esta perspectiva.

La Experiencia de América Latina

A comienzos de los `80, gran parte de los países de la región habían recuperado la posibilidad de poder expresarse electoralmente y elegir sus gobernantes, pero – al mismo tiempo – se encontraban viviendo una depresión económica de tal magnitud que llevaron a reconocer esos años ochenta como “la década perdida” en América Latina(vi). También se producía en esos años un crecimiento de la deuda externa de tal magnitud que los márgenes de maniobra en materia de política económica se redujeron de manera determinante.

Es también en esos años cuando se produce una ofensiva contra el modelo de Estado de Bienestar, particularmente desde aquellos sectores que promovían los principios del libre mercado, en oposición a la participación estatal en los medios de producción, las medidas de regulación económica y la implementación de programas sociales, acusados – estos últimos – de ser los causantes del déficit fiscal.

Como resultado de este proceso, a fines de esa década se imponían políticamente aquellas posturas que proponían reducir a la mínima expresión el modelo de desarrollo basado en el fortalecimiento de la industria nacional, la creación de un mercado interno de bienes industriales y la presencia del Estado adoptando medidas para regular la economía e intervenir en los medios de producción. El paquete de medidas adoptadas conformaba – en líneas generales – el modelo establecido por el Consenso de Washington (vii) o de Globalización para Países Emergentes.

En este contexto, la plasticidad del modelo de Desarrollo Territorial junto a las ideas de valorizar el territorio y otorgar un mayor protagonismo a los agentes y políticas locales que el mismo sustentaba, encontraron en América Latina un campo propicio para su rápida difusión, la que se concretó en el campo intelectual gracias a la tarea desarrollada por expertos, investigadores, consultores, docentes, etc., y fue impulsada financieramente por diversas instituciones internacionales, entre las cuales el BID desempeñó un papel trascendente.

Es necesario destacar que los factores tangibles e intangibles señalados previamente como esenciales a la hora de implementar proyectos de desarrollo territorial, presentaron diferencias importantes (mayoritariamente por defecto) en muchas regiones latinoamericanas, respecto a las que pudieron observarse en las diferentes experiencias europeas. La enorme diversidad de situaciones registrada en América Latina junto a la necesidad de revisar lo actuado y construir instrumentos de desarrollo adaptados a las condiciones particulares de las sociedades de destino, resultó un aporte de gran importancia en el proceso de producir y/o enriquecer las teorías que sustentan este nuevo modelo de desarrollo.

A pesar de las condiciones iniciales más restringidas en la búsqueda de mejorar sus condiciones económicas, sociales y ambientales, las sociedades latinoamericanas mostraron una gran capacidad de innovación genuina, llevando adelante iniciativas con gran participación social, las cuales muchas veces se proyectaron aún por encima de las posibilidades materiales e institucionales existentes. Son numerosos los ejemplos que avalan esta afirmación.

Consideraciones Finales

La transformación del Estado de Bienestar es un proceso irreversible y aceptar las carencias que este presenta para administrar las contradicciones políticas, sociales y económicas que se plantean en las naciones capitalistas a partir de la globalización, sitúa la atención del problema de manera apropiada.

Al mismo tiempo, se debe reconocer que no se visualizan claramente cuales son las transformaciones necesarias para adecuar las funciones del Estado al modelo de sociedad que plantea un desarrollo globalizado y las demandas que de él se derivan.

Las alternativas de libre mercado que se impulsan desde los grupos capitalistas y las respuestas “neopopulistas” ejerciendo una defensa a ultranza de las conquistas sociales logradas en las épocas de bonanza del Estado de Bienestar, aparecen como acciones y reacciones sectoriales que no resuelven los problemas de fondo e incluso profundizan las desigualdades sociales ha niveles intolerables de contener políticamente en sociedades democráticas (En: Vaca Avila, P.-Simonetti E. 2008. Inédito).

En las actuales circunstancias, el modelo que se impone es territorial, participativo, concertado y descentralizado, en el cual toman fuerza aquellos procesos de “democratización donde el individuo y la comunidad recuperan el papel protagónico que le corresponde en la decisión de su destino” (SIMOSE. 2008.: 1).

Se plantea así la necesidad de establecer estrategias de crecimiento que permitan dinamizar la participación de aquellos sectores sociales que exponen menores niveles de desarrollo relativo, con el objetivo de restablecer condiciones de mayor equidad social y económica.

Para ello, se deberán revisar las tendencias centralizadoras y excluyentes que han predominado en los enfoques tradicionales del “desarrollo nacional”, reivindicando el ámbito local como un espacio concreto de participación social. Resulta prioritario recuperar la dimensión territorial como unidad de análisis, planificación y acción, desde la cual se podrán generar mejores oportunidades de alcanzar un desarrollo que armonice las posibilidades de los distintos sectores de la comunidad de acceder a los beneficios que se obtienen mediante un aprovechamiento equilibrado de los recursos disponibles.

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(i) “Alburquerque definió al Desarrollo Local como el proceso que mejora la calidad de vida, superando las dificultades por medio de la actuación de diferentes agentes socioeconómicos locales (públicos y privados), con recursos endógenos y fomentando el aumento de capacidades” (Formichella, M. 2005.: 6 ).
(ii) Proceso en el cual las grandes y medianas empresas concentran su actividad donde tienen mayores posibilidades de agregar más valor (innovar), y terciarizan aquellas actividades que no resultan centrales para su desenvolvimiento. Esta especialización de la producción da lugar a una creciente integración productiva a escala mundial (la “fábrica mundial”), conformando de esta manera lo que se conoce como la “nueva división internacional del trabajo”.
(iii) “Es importante destacar que la noción de territorio se puede referir a una localidad, a una región o una sub -región, ya que los límites varían en función de la percepción de los actores sociales” (Formichella, M. 2005: 27).
(iv) La innovación genuina es un emergente social que surge desde los actores como una síntesis entre sus condiciones estructurales específicas y su cultura (valores y conocimientos). En: de León, O. 2008: 9.
(v) Ver: Martínez, Javier (2000). “Globalización y fábrica mundial”, en Arriola y Guerrero (eds). Cap. 11, Págs.: 251-269.
(vi) También se utilizó la expresión al designar en Gran Bretaña al período de la postguerra (1945-1955) y para describir los diez años que siguieron al colapso económico japonés, en la década de 1990.
(vii) El término fue acuñado por John Williamson, del Instituto de Economía Internacional con sede en esa capital, en relación a los acuerdos logrados en una reunión convocada en 1989 por su Instituto y a la que asistieron representantes de 10 países de la región, con el objetivo de diseñar las reformas necesarias para sacar a la América Latina de la crisis de la deuda externa y recuperar el crecimiento que la región no tuvo en la “década perdida” de los años ochenta.
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Bibliografía

Alburquerque, Francisco (2004). “Desarrollo económico local y descentralización en América Latina”, Revista de la CEPAL, Nº 82.

Formichella, María M. (2005). “La Evolución del concepto de Innovación y su Relación con el Desarrollo”. Monografía realizada en el marco de la Beca de Iniciación del INTA: “Gestión del emprendimiento y la innovación” Director de Beca: Ing. José Ignacio Massigoge. Estación Experimental Agropecuaria Integrada Barrow (Convenio MAAyP-INTA). Tres Arroyos, Argentina.

León, Omar (2008). “Innovación en Europa y América Latina: aprendizajes de ida y vuelta”. Universidad Complutense de Madrid. Madrid, España.
En: http://innovacionydesarrollo.blogspot.com/.

León, Omar (2006). “Estrategias de desarrollo territorial en América Latina: entre la imitación y la innovación social”, en Vergara, P. y Alburquerque, F. (coords.): Desarrollo económico territorial. Respuesta sistémica a los desafíos del empleo, DETE-ALC/OIT, Fortaleza (Br.).

León, Omar (2003). “Innovación, competitividad y desarrollo: una perspectiva territorial de la economía española”. Artículo aparecido en Revista del Instituto de Estudios Económicos, Nº 2 y 3.

Martínez, Javier (2000). “Globalización y fábrica mundial”, en Arriola y Guerrero (eds).

Sistema de Información y Monitoreo Social y Económico – SIMOSE (2008). “Capacitación de Capacitadores en Desarrollo Local y Fortalecimiento Municipal”. Inédito. Gobierno de la Provincia de Misiones. Misiones, Argentina.

De Vaca Avila, P. - Simonetti. E. (2008). “Las Propuestas de Reforma Ante las Crisis del Estado de Bienestar”. Segundo Informe para la materia Economía, Política y Cultura del doctorado Economía Política y Social en el Marco de la Globalización (UCM). Inédito.

sábado, 5 de julio de 2008

Las Teorías Evolucionistas de la Innovación: una “interpretación biológica” del desarrollo tecnológico.[1]

Desde esta perspectiva neoschumpeteriana[2] de interpretación de los modelos de desarrollo tecnológico, se pone más atención en el entorno socioeconómico y ya no tanto, como en décadas anteriores, en las características de la empresa y la estructura del mercado. Se concibe en este caso al desarrollo tecnológico como un proceso evolutivo, dinámico, acumulativo y sistémico que sintetiza los procesos económicos, sociales y científicos.

En esta teoría no se plantea como una dicotomía el proceso de innovación y su posterior difusión, tal como se lo entendían en la perspectiva clásica. Desde esta visión, el proceso de difusión es parte constitutiva del progreso técnico inicialmente disparado por una innovación.

En la fundamentación de este enfoque, Nelson y Winter[3] (Vence, X. 1995. Op. cit. Pág. 217) cuestionan el concepto neoclásico de racionalidad maximizadora y beneficio, proponiendo los conceptos de “búsqueda de satisfaciente” y “selección”. Esto es, entendiendo que el conjunto de posibilidades tecnológicas es limitado, las empresas no cuentan con una amplia gama de técnicas a su disposición, sino que deben buscar aquella que de la respuesta más satisfactoria a sus necesidades, con la incertidumbre de no saber cuáles son las óptimas. Aquellas empresas que den con las mejores técnicas serán las que experimenten una mayor expansión, en un proceso de selección ex post.

Esta interpretación de la innovación tecnológica, como un proceso de “incorporación aleatoria” de tecnología y selección de las más aptas por parte del mercado, en el que hay ganadores y perdedores (empresas que crecen y otras que se resumen y desaparecen, de acuerdo a la “suerte” que hayan tenido en su desarrollo tecnológico), establece un parentesco con la teoría biológica darwinista de evolución de las especies y selección natural.

Tenemos entonces que la tecnología no se realiza en forma definitiva, sino que desde el momento en que nace se va difundiendo y modificando de acuerdo a los condicionantes establecidos por un contexto industrial, económico y social específico, pudiendo el analista en su interpretación enfatizar las características dinámicas y tecnológicas o la importancia del entorno económico y su evolución.

Se trata en este caso de proponer un modelo capaz de explicar los determinantes y direcciones de un cambio tecnológico en el cual ciertas tecnologías se vuelven dominantes y evolucionan en un contexto cambiante (Dosi. G.[4] en Vence, X. 1995. Op. cit. Pag. 219). El comportamiento y las estrategias de las empresas aparecerán determinadas por las condiciones estructurales existentes (de la empresa, del sector y el régimen tecnológico), que son las que definen el margen de acción que se dispone, destacándose además – entre otros factores – el efecto determinante que adquieren el desarrollo científico, la planificación de las actividades de I+D, el nivel tecnológico previo y el aprendizaje por la acción.

En este abordaje se entiende a la tecnología de manera amplia (Dosi), como “un conjunto de elementos de conocimiento práctico y teórico, know-how, métodos, procedimientos, experiencia de aciertos y errores y, por supuesto, aparatos físicos y equipos”, abarcando elementos materiales como los conocimientos y la experiencia e incluyendo, además, componentes inmateriales – difíciles de registrar con precisión – adquiridos por las personas y las organizaciones, como la habilidad, la experiencia de intentos anteriores, etc. (Vence, X. 1995. Op. cit. Pág. 221).

Desde esta percepción, para mejorar la eficiencia productiva y, consecuentemente, sus oportunidades en el mercado, las empresas realizan una búsqueda y aprendizaje a partir de su propia base de conocimientos, dependiendo sus posibilidades de lo que hayan realizado en el pasado. En consecuencia, el progreso técnico sería un proceso secuencial e irreversible de resolución de problemas en el marco de un paradigma tecnológico, siguiendo una trayectoria tecnológica propia de ese paradigma.

El paradigma tecnológico, por analogía con lo que propone Kuhn[5] para la ciencia, se entiende como el modelo o patrón de solución de los problemas tecnológicos seleccionados, de tal manera que a partir del mismo quedan delimitadas las dificultades a ser abordadas desde esta perspectiva. Al mismo tiempo, el modelo seleccionado dirige la solución de esos problemas enfocando los esfuerzos en las oportunidades tecnológicas que puede ofrecer. A su vez, la trayectoria tecnológica es el patrón de solución normal de los problemas siguiendo los procedimientos de búsqueda y la lógica propia de un paradigma.

Desde esta perspectiva, la aparición de nuevos paradigmas tecnológicos representa la existencia de “discontinuidades en la evolución del progreso técnico” ante las nuevas posibilidades ofrecidas – en primer término – por la ciencia, como así también por la existencia de nuevas instancias económicas e institucionales. Según Dosi, las fuerzas económicas y los factores sociales operan como mecanismos de selección fundamentales.

El entorno socioeconómico interviene en el proceso de selección de la trayectoria dado que, si bien no modifica el abanico de posibilidades en una tecnología determinada, selecciona las trayectorias dominantes a partir de diferentes criterios como la incidencia de políticas institucionales, financieras, el comportamiento de los consumidores, etc. Este “entorno de selección” resulta determinante en la elección y sustitución de tecnologías, como así también en el tipo de I+D que se considera más beneficioso. Es decir que – como es de imaginar – se puede establecer “una relación a largo plazo entre el modelo de desarrollo social y el paradigma tecnológico elegido” (Vence, X. 1995. Op. cit. Pág. 227).

A su vez el mercado opera ex post como fórmula de selección entre el conjunto de posibilidades determinado – como quedó dicho – por el pradigma tecnológico que fuera seleccionado. Como resulta difícil poder establecer a priori las ventajas que ofrecen los diferentes paradigmas y trayectorias, la selección que se realiza en el mercado se produce, en parte, mediante mecanismos de prueba y error, lo que implica necesariamente algún grado de riesgo para los productores.

Ahora bien, los efectos que produce el entorno económico en la actividad tecnológica actúan como un estímulo en la evolución de una trayectoria pre-establecida, pero difícilmente van a provocar un cambio en esta trayectoria. Estos cambios conforman hechos extraordinarios que ocurren ante desarrollos científicos extraordinarios o el aumento de las dificultades económicas y tecnológicas (o combinaciones de ambas), para seguir avanzando en esa dirección.

En relación con las actividades innovadoras que producen cambios tecnológicos, Dosi supone que estas se van a emprender en la medida que exista alguna expectativa de beneficio económico o que la ausencia de las mismas amenacen los beneficios económicos existentes. A la hora de interpretar el esfuerzo innovador a partir de la búsqueda de beneficios, se incorpora el concepto de “grado de apropiación” privada de los resultados que se obtengan, condición necesaria para que se realice este esfuerzo, en el que se hace referencia a las posibilidades concretas de poder utilizar los resultados de las innovaciones en beneficio propio.

Con respecto al cambio tecnológico, es importante destacar el carácter acumulativo e irreversible que se percibe en el mismo, el cual se va a lograr a partir de procedimientos de búsquedas propios de cada paradigma y cada industria, las cuales no se remiten a reservas comunes y públicas de información, sino que tienden a buscar respuestas localmente, en áreas próximas a las actividades que desarrollan en cada momento. Estos cambios tecnológicos (progresos técnicos) son generadores de asimetrías que, según la “suerte” corrida con la selección y la capacidad de apropiación de las mismas, dan lugar a resultados divergentes en el proceso de competencia empresarial.

En el caso de los países el proceso es asimilable, dando lugar a divergencias que se traducen en una especialización internacional. Las asimetrías entre países son acumulativas o – cuando mucho – estables, dando lugar a un proceso evolutivo que dependerá de diferentes factores como la tasa de cambio técnico, la brecha tecnológica entre los países, el grado de acumulatividad del progreso técnico, etc.

Tenemos entonces que, junto con los diferenciales salariales y los patrones sectoriales de especialización, las asimetrías tecnológicas internacionales en la innovación y la imitación son un componente básico en la dinámica de la dependencia macroeconómica entre los sistemas económicos nacionales.

Algunas Observaciones al Modelo Evolucionista:

Entre las observaciones críticas que se le realizan al modelo evolucionista presentado, se destacan:

- El hecho de que a la ciencia le da un carácter autónomo, siguiendo en su desarrollo un proceso evolutivo que tiene una única senda posible. Al no estar ésta influida por condicionantes que puedan afectar su dirección y desarrollo, y constituir simplemente un dato de la realidad, la aparición de los nuevos paradigmas tecnológicos estarían “determinados” por un factor exógeno sobre el cual no tendrían incidencia alguna.
Se plantearía un determinismo científico excesivo en la aparición de los nuevos paradigmas y un determinismo también excesivo en la senda de las trayectorias tecnológicas, en el cual se desconocen – o minimizan – las transformaciones que produce en las características iniciales y posibilidades, el feed back entre el desarrollo científico y la evolución de una trayectoria tecnológica.

- En el modelo de Dosi, se descuida el papel que juegan el Estado y las universidades en la actividad científica y, consecuentemente, la influencia que ejercen estas instituciones sobre la evolución de la tecnología. El papel del Estado supera el rol que se le atribuye como mecanismo de selección a posteriori de paradigmas y trayectorias.

- Es un modelo que se muestra provechoso para el análisis de los nuevos paradigmas que se generan en los países “centrales”; no lo es tanto a la hora de analizar estos procesos en economías que se mueven en la frontera tecnológica mundial.

- Todo el análisis del proceso innovador se realiza sin considerar las características del factor humano que lo sostiene, factor cuya presencia, funcionamiento y reproducción resulta central a la hora de evaluar las condiciones en que se produce el desarrollo económico.
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[1] Extractado de: Vence, X. “Economía de la Innovación y del Cambio Tecnológico”. Capítulo 7. Las teorías Evolucionistas de la Innovación. Pags. 216 a 270. Siglo XXI. Madrid, 1995.
[2] De la misma manera que Joseph A. Schumpeter (1883-1950), le otorga a la innovación el papel de principal dinamizador de la economía capitalista y, si bien existen diferencias, hay una gran cantidad de similitudes. De allí su calificativo, con el cual coinciden muchos autores.
[3] Nelson, R. y Winter, S. “Neoclassical vs. Evolutionary theories of economics growth: critique and prospectus”. The Economic Journal, diciembre 1974, pp. 886-905; Nelson R. y Winter, S. “An evolutionary theory of economic change, ob. Cit., cap 1.
[4] Dosi, G. “Technical Change and Industrial Transformation”, ob. Cit., cap 2.
[5] Por Thomas S. Kuhn (1992-1996), epistemólogo estadounidense que en su obra “La estructura de las revoluciones científicas” introduce el concepto de paradigma.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Comentarios sobre la especialización flexible

Estaba esperando a que hubiera más aportaciones para animar un debate sobre el asunto, pero veo que Eduardo se nos puede dormir en la espera.
Su resumen es un buen recorrido por lo que comentan P y S sobre la aparición de la especialización flexible.

En cuanto a sus reflexiones, creo que P y S vieron y definieron bien el asunto, pero acaso sobreestimaron su proyección. El desarrollo de la segmentación de mercados, la descentralización productiva y, por consiguiente, la aparición de redes de pymes en torno a las grandes empresas han ganado terreno desde que P y S escribieron. En eso fueron preclaros. Ese es el mundo de la precariedad, la competencia feroz entre pymes y de la explotación del trabajo. El esquema general es: las pequeñas fabrican y las grandes gestionan la producción.

Sin embargo, esa transformación de la estructura productiva parece haber creado las condiciones para que las pymes se vinculen de una manera menos dependiente entre ellas para atender las nuevas necesidades de los mercados que ahora, al estar segmentados , presentan escalas mas asequibles para ellas. Así surgió la estrategia del desarrollo territorial, no como consecuencia de las relaciones de subcontratación, sino como una alternativa a las mismas.

Primero fueron clusters y distritos industriales, pero más tarde se amplió la visión para englobar todo tipo de producción territorial. Eso es interesante para regiones de menor nivel de desarrollo relativo

Interesante también el texto de Cocco. Aporta madera a esta discusión.

La seguimos. Y, por cierto, ¿hay alguien más ahí...?

Abrazos,

Omar

miércoles, 9 de abril de 2008

El modelo de especialización flexible propuesto por Piore y Sabel

El modelo “fordista” de crecimiento, que había logrado niveles crecientes y sostenidos de productividad a partir de la crisis de los años '30, a fines de los años '60 comenzó a experimentar un proceso de estancamiento que –poco después– se tradujo en una clara tendencia a la disminución de los niveles alcanzados hasta entonces. Esto obligó (algunos años más tarde) a debatir e interpretar las razones y determinantes de esta crisis que cuestionaba la lógica empresarial del modelo de producción hegemónico, además de valorar los procesos de readaptación empresarial que –en muchos casos espontáneamente– se habían producido en esos años.

El modelo de producción fordista se sostenía en la existencia de un mercado de masas y la disminución de los costos mediante economías de escala, encontrando en la línea de producción la respuesta tecnológica a esos principios que lo sustentaban. La crisis del modelo implicaba cuestionar la producción de bienes masivos y estandarizados, el uso de maquinarias que tenían un destino determinado, una competencia basada en los precios y las ventajas de las economías de escala, la permanencia de una mano de obra especializada, la presencia de sindicatos fuertes, una estructura empresarial conformada (particularmente en la provisión de insumos y organización del trabajo) para asegurar que la actividad industrial no se detuviera, etc.

En otros términos, se planteaba entonces la necesidad de formalizar un nuevo paradigma que armonizara la producción y el consumo, tomando como referencia las experiencias fallidas y exitosas que se vislumbraban en diferentes distritos industriales y rubros de la economía, dando lugar a lo que se dio en llamar el “postfordismo”.
En su obra pionera “La Segunda Ruptura Industrial” (Alianza, Madrid. 1990) de mediados de los años '80, Michael Piore y Charles Sabel analizan las estrategias microreguladoras que ensayaron las empresas “por sus propios medios y en sus propios mercados”, para enfrentar el desempleo y estancamiento, buscando recuperar los niveles de productividad perdidos. Las distintas estrategias de estas empresas, sus fracasos y logros, son el recurso “material” del cual parten los autores para formular su propuesta de un nuevo paradigma productivo industrial.

Una de las experiencias que analizan es la “conformación de conglomerados” mediante los cuales las grandes empresas buscaban minimizar sus riesgos, diversificándose en otros mercados, tanto fundando nuevas filiales como fusionándose con otras empresas. La estrategia, que alcanzó su mayor difusión entre los años '60 y '70, tenía como limitación el hecho de que los riesgos que se pretendían minimizar mediante la diversificación, no se distribuían aleatoriamente en los mercados, sino que eran el resultado de condiciones que afectaban a toda la economía por igual. Esto hacía que la incertidumbre de los distintos mercados no se contrarrestaran, sino que –por el contrario– se acumularan, situación que terminó por desalentar la conformación de conglomerados en un mayor número de empresas.

La “multinacionalización” fue otra de las estrategias adoptadas por las grandes empresas para “aislar sus mercados de las perturbaciones macroeconómicas” (Piore, M y Sabel, C.- op. cit. Cap. 8, pág.: 282). La idea en este caso era ampliar el mercado, produciendo bienes que se pudieran vender en muchos mercados nacionales, asegurando de esta manera el desarrollo de una economía de escala. El ejemplo clásico de multinacionalización es el de las empresas de automóviles y la estrategia de la industria norteamericana de desarrollar –con pequeñas modificaciones según los mercados– un “automóvil mundial”; se pasaba así de la producción en serie a escala nacional a una multinacional, lo que permitía reducir los costos de producción.
Esta práctica, también seguida –entre otras– por industrias siderúrgicas francesas y japonesas, hacía que las grandes empresas trasladaran parte de sus operaciones a otros lugares del mundo en vías de desarrollo. La medida reportaba mayor rentabilidad cuando lo que se producía fuera de los países de origen requería principalmente de mano de obra intensiva, y podía aprovecharse la ventaja que significaban los bajos costos laborales de los países en vías de desarrollo. De esta manera, también se adaptaban las grandes empresas a las políticas de desarrollo industrial por sustitución de importaciones que se implementaba en estos países emergentes.

Sin embargo, este sistema de producción multinacional escondía costos de gran incidencia en su desarrollo que impidieron su difusión y sostenimiento. Estos costos se relacionan con la dispersión de la producción, la necesidad de contar con grandes existencias de insumos y –asociado a ello– la dificultad para poder realizar en tiempo y forma su control de calidad, los inconvenientes para poder consolidar el mercado en torno a un diseño estándar, las fluctuaciones cambiarias, etc.

Siguiendo con este análisis de diferentes experiencias industriales, los autores destacan en particular los “resultados alentadores alcanzados principalmente por empresas pequeñas y nuevas”, las que “… aprendieron de alguna manera a soportar las olas de incertidumbre del mercado que rompía contra ellas” (Piore, M y Sabel, C.- op. cit. Cap. 8, pág.: 279). Estos logros, que parecían muchas veces producto del azar, vistos en conjunto presentaban “principios organizativos comunes” que pasaron a constituir estrategias válidas para lograr el crecimiento sostenido de las empresas involucradas.

Localizadas en distintos distritos de EEUU, Alemania, Japón e Italia, y vinculadas a diferentes rubros de la producción, las empresas analizadas presentaban características organizativas y tecnológicas definidas que permitieron a estos autores formular su propuesta de “especialización flexible”, como una estrategia apropiada para superar la crisis que representaba la reducción progresiva del mercado de bienes estandarizados.
Mediante el análisis pormenorizado de los cambios tecnológicos y organizativos producidos en industrias de bienes diversos, que van desde los ordenadores y artículos del hogar hasta la producción de máquinas herramientas, aceros y químicos, pasando por los textiles, los autores aportan experiencias diversas que permitieron a regiones enteras escapar del estancamiento generado por la caducidad de la producción en serie.

Algunas de estas experiencias exitosas eran simples de explicar, principalmente en aquellos casos de países más atrasados, en los cuales la conjunción de bajos salarios y escasa conflictividad de la mano de obra representaron ventajas comparativas que les permitieron competir e insertarse en los mercados de masa. Otra fue la situación y experiencia producida en las regiones industriales maduras.

La producción en serie siempre necesitó de la existencia de sectores de producción artesanal, que atendían segmentos muy pequeños e inestables del mercado; esta producción suministraba bienes (de lujo, experimentales, especializados) de demanda muy volatil como para ser rentables en el caso de la producción en serie. La producción artesanal constituía una categoría residual acerca de la cual se pensaba que era imposible aumentar su productividad por encima de determinados niveles.

Las recesiones económicas que se produjeron de manera periódica, le fueron otorgando un mayor espacio a este sector, más flexible y en mejores condiciones de adaptarse a la demanda de mercados cambiantes o de entrar a los nuevos mercados que se abrían.

De esta manera, y determinada por la demanda del mercado, la tendencia hacia una mayor flexibilidad productiva fue creando condiciones que favorecieron el crecimiento de este tipo de empresas y, con ello, alentando el desarrollo de nuevas tecnologías de mayor complejidad y productividad, que permitían rediseñar rápidamente los productos y los métodos con costos cada vez más competitivos. De esta manera, “las pequeñas empresas comenzaban a formar redes que se expandían a expensas de las empresas integradas” y “(…) la innovación tecnológica, la constante reordenación de las subcontrataciones y la búsqueda de nuevos productos se convirtieron en elementos estructuradores de una economía regional muy elástica” (Piore, M y Sabel, C.- op. cit. Cap. 8, pág.: 307 y 308).

Este cambio en la organización de la producción industrial impactó también -como era de esperar- en la mano de obra. La necesidad de modificar rápidamente productos y modos de producir, mejorar los niveles de calidad y manipular equipos de producción más sofisticados (por ejemplo, máquinas controladas numéricamente por ordenadores), determinaron la necesidad de rediseñar la capacitación de los trabajadores. La utilización de equipos más flexibles exigía disponer de mano de obra más flexible, menos especializada.

La dinámica tecnológica permitió repensar esta estrategia; lo que aparecía concebido como respuesta a las condiciones del mercado, pasó a constituir una estrategia que posibilitaba la expansión industrial. Se comenzaba a prefigurar un nuevo paradigma que trastocaba el modelo imperante hasta entonces: los sectores dominantes (producción en serie) pasaban a subordinarse, y los subordinados (producción artesanal) pasaban a ser dominantes.

A grandes rasgos, estas son las características que identifican los autores en las empresas analizadas como respuestas organizativas y tecnológicas a las nuevas condiciones que les plantea el mercado. La propuesta de una especialización flexible como nuevo paradigma industrial, no es otra cosa que la articulación y formalización de estas estrategias empresariales.

Comentario final

Creo que inicialmente vale preguntarse si los distritos industriales utilizados como base empírica para la formulación de la propuesta, aseguraban un nivel de generalidad suficiente como para formular un paradigma de validez universal.

Por otra parte, desde la perspectiva que ofrece la especialización flexible, el trabajo humano se concretaría a partir de entonces principalmente en pequeñas y medianas empresas (PyMes) de gran adaptabilidad a las condiciones cambiantes del mercado; hoy la realidad nos muestra que estas empresas funcionan mayoritariamente como contratistas de las empresas grandes, y su personal obtiene salarios menores que los correspondientes a los que perciben los obreros de estas empresas matrices.

En realidad, Piore y Sabel no demostraron que las grandes empresas estuvieran en decadencia y la producción en masa fuera a desaparecer, sino que esto último constituía una premisa de su propuesta. Ya desde su formulación, los autores reconocían la posibilidad de que las nuevas tecnologías generarán una primera fase de competencia, para posteriormente retornar “(…) a una nueva fase oligopolística dominada por la gran dimensión” (Cocco, G. y Vercellone Maldeojo, C. “Los paradigmas sociales del Posfordismo”. En: